Amistad

La vida del bloguero es fascinante.

Estás tú ahí sobreviviendo al verano, dejando descansar a la única neurona que es inmune a este calor sofocante, sin juntar una letra con otra porque no tienes ánimo ni para mover un músculo, cuánto ni más para teclear unas líneas. Para colmo, tú escribes únicamente en la botica, con el teclado tradicional, que a ti eso de los ipads y los teléfonos para los cacho dedos que tienes no te va mucho, y tienes a las auxiliares de vacaciones, con lo que te toca currar a todas horas y todos los días. Así que el momento que tienes para ponerte frente al ordenador lo dedicas a vegetar frente a la pantalla leyendo los titulares de las noticias del día, que los blogs ya te los has leído en el móvil, pero de comentar ni hablamos, que supone un esfuerzo que no estás dispuesta a hacer.

Pasa el veranito, que no el calor (marrrrdito veranillo de San Miguel o como se llame), y tú te piensas que después de este kitkat blogueril la peña ya no se acordará de ti. Que tu paso por la blogosfera ha sido intenso pero efímero. Aún así, un día que refresca y que estás más inspirada (a ti el calor te puede) decides lanzar al espacio virtual un post dejando entrever entre bromas tu estado de ánimo real, ahora que la nena ya ha empezado su vida universitaria lejos de ti.

Y crees que nadie te responderá porque hace mucho que no escribes y te habrán olvidado, y te sorprendes, y te alegras, y te emocionas cuando ves que siguen ahí, que te estaban esperando con los brazos abiertos, que te echaban de menos, y que todos tienen consejos y palabras de aliento para esta nueva situación que ha llegado a tu vida. Que sin conocerte ni haberte visto nunca, ni habiendo cruzado una palabra que no sea escrita consiguen llegarte al corazón y animarte en estos momentos que a ratos se hacen duros. Porque tú tenías mucha ilusión con que la nena se fuese a estudiar, era como revivir tus tiempos de estudiante cuando tú estabas en la misma tesitura. Pero lo que no imaginabas es que la ibas a echar tanto de menos, y que esas ganas de llorar que te entran de repente, y esa congoja y ese pasar a su habitación y verla ordenada (bueno, eso en realidad, no es tan malo…) ibas a sufrirlas tú, que te pensabas que esos veranos en Irlanda te habían hecho callo y que no la ibas a extrañar. Y un cuerno.

Así que cuando estabas en ese bucle de melancolía y añoranza lamiendo tus heridas, llega una amiga virtual y te nomina para un premio, en el que hay que escribir sobre la amistad. Y te dices, vaya, si yo no tengo ganas de escribir, y además este premio lleva rulando mucho tiempo y todos los blogueros que conozco ya han escrito sobre ella, yo no voy a saber qué decir. Y entoces es cuando te das cuenta que no hace falta que escribas sobre la amistad. Simplemente la amistad es esto.

La envidia me corroe

Sí, así como lo estáis oyendo. La envidia me corroe.

Tengo muchos motivos para ello, como que Covadonga haya disfrutado unas hermosas vacaciones en la France, que Dolega, Anita, Yeste, Inma, Jorge, María y alguno más se hayan desvirtualizado en distintos encuentros vacionales, que Dessjuest siga escribiendo esos post como el de Caperucita con el que te partes desde la primera letra hasta la última, que Macondo me emocione con cada post que hace de citas, que Alterita haya estado californeando, que Jatz, Mandarica, Carmen, Paterfamilias, Sugus y alguno que me dejaré seguro en el tintero hayan estado de vacaciones escribiendo más bien poco (como la menda), que Matt esté preñada, con lo que yo disfruto estando así, que los padres frikerizos hayan parido (con lo que a mí me gusta también parir, lo sé, soy rara) a su Pixel, que Desmadres siga disfrutando de bebé (que los míos ya están muy grandes y a mí siempre me han gustado los bebés)…. En fin, que aunque he estado hiperperezosa para escribir y más liada que una peonza con mis diferentes quehaceres maternoboticariales, incluída una visita a los servicios sanitarios irlandeses, puesto que mi retoño tuvo a bien coger unas anginas con sus placas y su 39 y medio de fiebre durante nuestra estancia en la verde Erin, pues que no me he perdido ripio de lo que ha acontecido en la blogosfera. Y que todo ello ha despertado mi vena envidiosa.

Pero con todo, no os penséis que vengo a confesar solamente esto. Lo que de verdad ha hecho que toda yo sea un saco de envidia andante ha sido el viaje que el lunes hicimos mi pariento y yo para llevar a Consuelo a su nueva vida universitaria.

El llegar a la residencia, ver su hermosa habitación (que ya hubiera querido yo para mí en mis tiempos), con cocina incluída, lavandería, gimnasio, ascensor, sala de juegos (no, no me pagan para que les haga publicidad, y además, no he dicho el nombre), el ir a comprar el edredón a El Corte Inglés, recordando cuando fuimos mi madre y yo a comprar el mío, que hasta se lo dije a la vendedora, que en el 86 yo hice lo mismo que estaba haciendo en ese momento con mi madre (la pobre debió pensar que yo estaba un poco gagá a pesar de tener buen aspecto…), el comprar archivadores, carpetas, plantas para la habitación y que quede bonita… En fin, todas aquéllas cosas que hice cuando tenía 17 años y que ahora va a hacer ella. Ahora diréis: y las fiestucas que se va a correr, como tú hiciste. Pues no, eso no, que yo estaba en una residencia de monjas en la que había que llegar a las diez y media entre semana y a las once y media los sábados, y además mi madre ya les había advertido a las monjas que de salir por ahí, rien de rien. Así que no es lo mismo, básicamente porque anoche fue jueves, y en Valencia se sale los jueves, y la nena ya estuvo ayer por ahí, que hacer amistades se ve que ha hecho rápido, que ya se conoce a toda la residencia y parte de la universidad, con lo que en este apartado fiestil las comparaciones no proceden.

Y para colmo, mientras escribo esto he descubierto Spotify (antigua que es una), y con él, las listas de éxitos de los ochenta y  aquí estoy,  escuchando canciones de cuando yo estaba en Valencia estudiando, para ponerme en ambiente.

Pues eso, que me vine todo el viaje con una sensación de envidia cochina, de qué ganas de volver el tiempo atrás y no tener más responsabilidad que estudiar y pasárselo bien.

Amén de la sensación que vengo arrastrando desde hace varios meses, y es la de que hasta aquí hemos llegado, que a partir de ahora seguirá siendo mi nena, pero que ya no compartiré su vida como antes, y así tiene que ser. Que cuando ahora vuelva a casa vendrá de visita, que en las vacaciones encontrará a alguien con quien pasarlas en vez de con su madre, que si tiene suerte, cuando termine de estudiar encontrará trabajo y se irá de nuevo (si es que alguna vez ha regresado), y que tiene que formar una familia, y que yo seguiré siendo su madre pero que la relación que tendremos ya no será como era antes. Y además es que es así como tiene que ser, odiaría convertirme en una madre controladora y absorbente. Pero duele.