MVBF

Nos conocimos al poco de empezar a salir con mi marido. Él era el primo de uno de sus amigos (así como resobrino en tercer grado del por entonces mi novio). Se dejaba caer por el pueblo junto a su padre todos los meses de agosto, casi desde que tenía uso de razón, y pasaba el verano aquí en compañía de sus numerosos primos.

Congeniamos desde el principio, lo que convirtió la llegada de la feria de agosto en la espera de la  visita de Carlos, porque la feria sin él no era feria, como pudimos comprobar un año en el que el trabajo le impidió venir. ¿Quién me iba a sacar los muñecos de peluche de la máquina de las grúas? ¿Con quién me iba a eternizar mirando los puestos de pendientes y bolsos? (porque con mi novio seguro que no iba a ser, que no soportaba ni soporta ir de compras….) ¿Con quién íbamos a compartir la cerveza y el plato de forro? ¿O el pollo asado?

Seguimos manteniendo el contacto año tras año, con alguna reunión inesperada ya que yo estudiaba en Valencia, donde él residía. Me casé con su retío en cuarto grado, de lo que él fue testigo, así como los numerosos langostinos que pasaron por su gaznate el día de mi boda, de cuyo hecho guardamos fehaciente prueba en forma de foto.

Llegaron mis hijos, a los que sé que él quiere como si fuesen sus sobrinos (aunque siguiendo con la intrincada genealogía, realmente son primos en cuarto grado), un amor que es correspondido por ellos, a veces incluso con demasiada efusión, dado lo cansinos que éstos tienden a ser.

Prueba concluyente de ese amor fue el tragarse enterito un concierto de los McFly, incluyendo sus buenas 6 horas en la cola con Consuelo y conmigo, para que la nena disfrutase de su grupo favorito en aquel entonces. Eso sí, se negó a acompañarnos en la pista, quedóse relegado en las gradas para no enfrentarse a la horda de  adolescentes hormonadas que gritaba entusiasmada.

Es capaz de pasar horas con el pequeño hablando de fútbol y de cromos, de irse de casa ya de madrugada  instalándole al mediano la última versión del Call of Duty, o de los Sims, o del Fifa, que para eso es informático y se curra todos los caprichos que mis hijos le piden.

Ha aguantado con estoicismo la invasión de su casa por los cinco miembros de la familia desquiciada (úsease, nosotros) cuando hemos ido a pasar un fin de semana en Valencia, recibiéndonos con los brazos abiertos en todas las ocasiones, y aunque sé que no lo confesará en la vida, estoy segura que cuando nos vamos piensa eso de “tanta paz llevéis como descanso dejáis”, porque una invasión de cinco, si además eso incluye a mis hijos, es mucha invasión para un piso de 90 metros, pero que para nosotros siempre ha sido como el Hilton.

Tiene más botas que yo. Y eso es decir mucho. Si se atreve que ponga en algún comentario cuántas son, pero cuando pasamos algún fin de semana con él, yo le veo al menos 6 pares distintos en el transcurso de esos dos días. Me corroe la envidia.

Dicen de mí que cuando veo a Carlos o hablo de él se me ilumina la mirada, y es cierto. No hay mejor sorpresa que estar en la rebotica y oir que alguien entra a la farmacia pidiendo preservativos de sabor a paella.

Carlos es feria, es Fallas, es olor a pólvora, es paellas en la Malvarrosa, es paseos por la noche en el barrio del Carmen, es verano, es Coca Cola, es pipas, es ron Negrita, es polos amarillos de Lacoste, es botas infinitas, es series frikis (como Galáctica, arggggg), es pan de gambas, es forro, es langostinos, es álbumes de cromos, es música ochentera.

En fin, es en definitiva, MVBF (My Very Best Friend) que diría Paris Hilton. Hoy es su cumpleaños y éste es mi pequeño regalo.

P.D. Ana, si me estás leyendo, te doy un consejo: no lo dejes escapar, tienes a tu lado a un buen hombre.

(Y tú, valenciano, sécate esos lagrimones que seguro se te están cayendo, ¡que no es para tanto!)

Cosechando triunfos (o de cómo tu marido se transmuta en “madredelapantoja”)

Creo que todos los que pasáis por aquí ya sabéis que a Consuelo, además de la cocina, lo que le gusta es correr. Correr y competir. Y que ya es oficialmente en casa “la campeona de Cuenca” porque ganó la media maratón en su categoría en tal ubicación.

Después tuvimos los diez kilómetros en Valencia, que pasaron sin pena ni gloria porque el clima húmedo no le acompañó, estando ella acostumbrada a correr en un clima más seco que la mojama.

Estos últimos días llevaba un tiempo dando por saco para hacer alguna otra carrera, y esta servidora intentó complacerla buscando alguna competición que no estuviera lejos de nuestro pueblico pues ya sabéis todos que a mi santo esposo lo de conducir lo trae por el camino de la amargura. Así que cuando vi que el sábado 8 de marzo se corría el primer duatlon ciudad de Albacete, no me lo pensé dos veces, porque además ése era el segundo sábado de carnaval y así evitaba que la nena dijera que quería salir por la noche. Juas, juas, juas.

Inciso: en mi pueblo somos más chulos que nadie. Se supone que el carnaval representa el triunfo de don Carnal sobre doña Cuaresma, y que termina precisamente cuando empieza ésta, el miércoles de Ceniza. Pues en mi pueblo, no. Empieza el carnaval el día de jueves lardero, la semana anterior a miércoles de Ceniza, y continúa ininterrumpidamente hasta la semana siguiente, pasado el miércoles, con su entierro de la sardina incluido, hasta el domingo. Diez días de carnaval, ahí es nada.

Mis hijos habían permanecido vírgenes carnavaleros hasta este año, pero ya no los he podido sujetar más y este año han salido alguna (4 concretamente) noche, con el consiguiente servicio de taxi por mi parte, llevándolos y recogiéndolos de la zona de marcha, porque aunque esto es un pueblo una servidora es un poco cagueta y no ha consentido que regresaran solos a casa, así que ahí he estado yo, que odio el carnaval, haciendo portes recogiendo a uno y a otra (el pequeño no ha salido, aúnnnn).

En fin, que me desvío del tema. Pues el caso es que yo pensé: si va a la carrera no tendrá ganas de salir y eso que me ahorro. Pues fue a la carrera, y a las siete de la mañana del domingo la recogí….. no digo más. El tiro por la culata, creo que se llama.

Ya solo me quedaba convencer al padre para el viaje, cosa harto difícil. Ya comenté en otro post que le gusta viajar tanto como incrustarse palillos en las uñas ¿recordáis?. Pues bien, en esta ocasión mi estrategia consistió en comentar que dado que es una prueba difícil, solamente se habían apuntado 12 chicas y ninguna de la edad de Consuelo, así que en teoría, iba a ganar en su categoría y subiría al podium. Un buen argumento, ¿verdad?

Pues ni por ésas. En vez de tener que ir a Albacete (80 kms de distancia, autovía) con una bicicleta parecía que nos tuviéramos que ir al Nepal cual Juanito Oyarzábal acompañados de un sherpa a escalar el Himalaya. Todo eran problemas, que si dónde vamos a meter la bici, que si para eso hace falta un soporte, que esa bici no vale que es de montaña y lo que necesita es una de velocidad, que ése soporte que has mirado no vale porque si nos para la guardia civil nos multa…… Total, que a tres días de la prueba yo ya había tirado la toalla (a todo esto, Consuelo llorando por los rincones y laméntándose de su suerte).

Al día siguiente me llama a la farmacia: que he estado mirando el soporte que viste, que eso no vale, que he preguntado por otros y valen 300 euros, que he pensado que si echamos los asientos del coche para delante igual cabe. (Hacía días que yo le había dicho eso, que cuando compramos las bicis, dos, en Albacete, por cierto, vinieron ambas en el coche, con los asientos echados hacia delante). Pero entonces parecía una idea fabulosa….

Total, que allá nos fuimos el sábado, tempranito, porque por la mañana había una especie de reunión informativa para explicarles donde había que hacer los cambios a bici y eso.

La carrera era en el circuito de velocidad. Llegamos después de dar la vuelta un kilómetro antes porque creíamos que íbamos mal y luego no, con lo cual ya se iba cociendo el cabreo. Al llegar le preguntamos a unos chicos que había por allí y nos mandaron unos metros más allá. Al preguntar a los de más allá, nos volvieron a mandar allí, y al volver a preguntar a los de allí, resultó que era donde allá. Con lo cual ya empezó el refunfuñe del padre diciendo que era la última vez que lo pillábamos para una carrera, que la organización era una mierda (sic) y otras lindezas….

Una vez explicada la cuestión técnica a Consuelo y recogida la bolsa con el dorsal y la camiseta preceptiva, nos encaminamos a casa de una amiga donde ibamos a comer y allí ya se calmaron los ánimos (básicamente porque  me soplé dos copazos de vino mientras se hacía la comida, vaya).

Comimos amigablemente y salimos hacia el circuito porque la carrera era a las cuatro. Las chicas, según el programa, saldrían diez minutos después. Llegamos con el tiempo un poco justo, la verdad sea dicha,eran las tres y media más o menos, pero había que bajar la bici del coche, llevarla a la zona de transición donde debían cogerla después, ponerse el chip en el tobillo…. Y entonces a la nena le dieron ganas de mear y no encontraba el baño, tenía sed y el bar estaba a tomar por culo…. en fin, todo muy relajado mientras por los altavoces decían que las chicas saldrían un minuto después que los chicos y que se prepararan que se daría la salida en cinco minutos (ahí confirmé que mi santo llevaba razón, era una mierda de organización, porque la carrera empezó a las cuatro menos cinco, cuando estaba anunciada a las cuatro y a las cuatro y diez la de las chicas).

Con todas las prisas, se me olvidó darle la glucosa que llevaba en el bolsillo, y la nena salió corriendo como buenamente pudo.

Ahí comenzó la transformación del padre. Se subió a las tribunas o lo que fuera aquélla torre que había en el circuito y hasta que no agotó la batería del móvil no paró de filmar y de hacer fotos cuando su chica pasaba por allí. Mientras tanto, yo me daba cuenta de lo de la glucosa y me fui a decirle a los jueces que si podía dejarle las pastillitas encima de la bici para que las tuviera cuando llegara a esa zona. Por supuesto, me dijeron que nones. Luego pensé: ¿y si se las doy cuando pase por mi lado? Pero se me encendió una lucecita y pensé que la podrían descalificar, cosa que me confirmó el amable juez cuando volví a preguntárselo, no sin antes advertirme de que esas cosas hay que preveerlas y tenerlo todo preparado en la línea de salida, como si se lo estuviera explicando a una lerda. Menos mal que no lo voy a volver a ver en la vida, porque si no, me moriría de vergüenza…

Después de una hora y veinte, 5 kilómetros corriendo, 17 y medio en bici y otros 2 y medio corriendo, Consuelo entró en la meta, mientras por los altavoces se oía que en ese momento entraba en la meta la primera clasificada en la categoría promesas femenina. ¿Adivináis cómo lo sabía el chico del altavoz? …… Efectivamente, el padre de la nena se lo había dicho para que lo dijera cuando entrara por meta (segunda transformación en madredelapantoja). Llegaron entonces los abrazos y besos de rigor y las quejas de Consuelo de que la bicicleta era una mierda que se le había pinchado en la primera vuelta (no era así, solamente iba un poco floja de aire, pero eso le obligó a ir toda la carrera casi totalmente incorporada, así que de aerodinamismo, cero patatero).

Como ya sabiámos, ganó su categoría, pero es que además, hizo mejor tiempo que la chica que ganó la sub23, así que en realidad ganó las dos categorías, pero evidentemente, solamente le dieron trofeo por la suya, para cabreo del padre, que quería que le dieran los dos premios.

Y aquí viene lo de la entrega de trofeos…. Como evidentemente sabíamos que tenía que subir al podium, su padre no hacía más que preguntar ¿dónde está el podium? dando vueltas como un poseso cargado con la bicicleta y moviéndose por allí mientras Consuelo y yo hacíamos como que no lo conocíamos, porque en vez de haber ganado la categoría promesas cualquiera diría viendo al padre que le habían dado el oro en las Olimpiadas….

Por fin llegó el momento y recibió su preciado obsequio, su placa y una botella de vino. Pero hete aquí que no se habían acabado las tribulaciones. Nos dimos cuenta (el padre, por supuesto) de que en la placa ponía “3ª clasificada”, así que raudos y veloces le preguntamos a la chica sub23 que también había sido la única ganadora lo que ponía en la suya, que era por supuesto “Campeona”. Así que hubo que ir a reclamar la placa oficial de campeona, que menos mal que nos dimos cuenta allí, que si no habría que haber vuelto a por ella así hubiéramos llegado ya al pueblo.

Y así fue como regresamos a casita con nuestra placa, la botella de vino, el móvil sin batería y una bonita urticaria en las zonas donde me había dado el sol, consecuencia de un medicamento fotosensible que estoy tomando y que todavía perdura 8 días después del evento.

Libros en febrero

Aquéllos que leyendo el post de libros en enero alucinásteis por la cantidad de libros que había leído, os quedaréis de piedra al ver este post, cargadito con NUEVE libros en febrero… Si alguien tiene curiosidad, os diré que suelo leer una media de dos o tres horas diarias, siempre después de cenar y antes de ir a dormir. Además ahora que ya me he cansado de Downton Abbey y mis clases de inglés se reducen a The Big Bang Theory, cuyos capítulos son de veinte minutos, pues me queda más tiempo para leer, así que diez libros tampoco son tanto, contando que algunos son tan chorras que se leen en un par de días sin dedicarle mucho esfuerzo.

-Un final perfecto, de John Katzenbach. Recomendación de Alter en el blog de Matt, un libro policiaco de los que tanto me gustan, pero que a la mitad se me puso un poco cansino. Tres mujeres pelirrojas desconocidas entre sí reciben simultáneamente una carta firmada por El lobo feroz en la que se les anuncia que van a morir. Desde el principio se sabe quién es el asesino, y eso no me hace mucha gracia. Aún así, se deja leer y quizá me costó un poco porque me lo descargué en PDF y al pasarlo a epub no me quedaron bien los párrafos, con lo que la lectura se hacía difícil.

No es de lo mejor que he leído en el género policiaco, pero le daré alguna oportunidad más al autor.

-El último merovingio, de Jim Hogan. Un agente de la CIA se ve involucrado en un asesinato ritual y decide investigar por su cuenta lo extraño del caso. Mucho viaje por todo el mundo, persecuciones en las que el bueno siempre sale indemne y multitud de datos para retener en el argumento que hacen que me pierda y no sepa de qué están hablando. Salen a relucir los Evangelios Apócrifos, como en todo libro de este estilo que se precie, e incluso hacen referencia a Albacete. No me ha gustado ná siquiera.

-Estupor y temblores, de Amelie Northcomb. Recomendación de Matt, que hizo la reseña en su blog. Es un libro autobiográfico del tiempo que la autora pasó trabajando en Japón. Es muy ligero de leer y muy divertido, un respiro de aire fresco después de la castaña que acababa de leer y de haber hecho un intento casi hasta la mitad con El túnel, de Ernesto Sábato.

-Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite. El cuento de Caperucita trasladado a Brooklin donde vive una niña cuyo mayor deseo es pasear por Central Park. Muy fácil de leer, al fin y al cabo es un cuento, y mezcla fantasía y realidad. Me ha gustado mucho.

-Abrázame oscuridad, de Dennis Lehane. Es el mismo autor de Mistic River, que leí el año pasado y que me encantó a pesar de haber visto la película. Nada comparado con el merovingio de los cojones, en éste a pesar de que también hay muchos personajes e historias interconectadas, no te pierdes como en el otro. La historia es fácil de seguir y aunque va hacia atrás y hacia adelante porque los asesinatos del presente tienen conexión con otros ocurridos en el pasado, no tienes la sensación de andar perdido y en todo momento sabes donde te encuentras.

Es muy sangriento, eso sí, por eso después de leerlo cogí algo más ligerico, en este caso a Nora Roberts.

-La testigo, de Nora Roberts. Esta autora escribe novela romántica pero tiene algunos títulos en los que la trama no se reduce a la típica historia de amor chico-conoce-chica, sino que hay un argumento de misterio o crimen entre medias. Esta novela es de ese tipo: una chica de 16 años presencia unos asesinatos cometidos por mafiosos rusos y desde ese momento tiene que esconderse y buscar una nueva identidad para protegerse. Cuando ya parece que su vida se ha estabilizado y está fuera de peligro conoce a un policía en el pueblo que se ha establecido y decide poner fin a la farsa y acabar con la familia de mafiosos rusos con ayuda de su nuevo amor (obviamente, el poli).

No es una autora que vaya a ganar un Nobel, pero leerla es como estar en casa en bata y zapatillas, estás cómoda y sabes qué puedes esperar de ella, vas a pasar un rato agradable leyendo y nada más.

-Los enamoramientos, de Javier Marías. Recomendación de Miguel. Creo que es mi primera experiencia “completa” con un autor español contemporáneo, y digo completa porque he empezado muchas veces con otros y no consiguen engancharme, salvo alguno de Pérez Reverte. Me pasa con la literatura española contemporánea lo mismo que con el cine: se me atraganta, no hay más que un tema, la guerra civil, sea de un bando o de otro, y me aburre.

Tengo que decir que pese a mis recelos con este libro, me ha gustado mucho. Sobre todo la primera parte del libro en la que habla de los sentimientos de pérdida cuando alguien desaparece de nuestro lado. Lo que menos me ha gustado es cómo resuelve el final, pero la verdad es que tampoco podía terminar de otra manera.

-Los que vivimos, de Ayn Rand. Este es un libro que he visto en mi casa desde que era pequeña, pero que nunca me había llamado la atención. No sé por qué me la llamó cuando estaba buscando ahora qué leer, ya que ni sabía de qué iba. Es el que más me ha durado este mes, de hecho lo he terminado ya en marzo.

Es un libro triste, muy triste, cuenta la vida de una joven en el Petrogrado posterior a la Revolución Rusa. Describe con especial crudeza las condiciones de vida que el comunismo llevó a Rusia, así como el desencanto de muchos de los que participaron en la revolución y que vieron que nada de lo que se pretendía con ella se había conseguido, más bien al contrario, los problemas para el común de los mortales se habían agudizado.

La autora es rusa de nacimiento, pero con 21 años viajó a los Estados Unidos para visitar a unos familiares y allí se quedó. Además de escritora fue la creadora de una corriente filosófica, el objetivismo, caracterizado por el “egoismo racional”: el hombre debe ser un fin en sí mismo, no el medio para los fines de otros, quizá por sus vivencias en la Rusia comunista, donde el individuo era machacado en favor de la colectividad.

Pese a ser un libro extremadamente deprimente me ha gustado.

Y entre medias de todos estos he leído también los tres tomos del Tratado de las buenas maneras de Alfonso Ussía. Había leído el primero hace al menos veinte años y me hizo mucha gracia. Pensaba que ahora me gustarían también, pero la verdad es que me han decepcionado, se hacen muy repetitivos, y solamente los he terminado de leer porque eran ligeros, para descansar entre otras lecturas. Resultan cansinos y la verdad es que ahora con veinte años más ya no les veo la gracia. Totalmente prescindibles.

El retorno del Hobbit

Aquí estoy.

Dado el ingente número de comentarios y las aclamaciones populares reclamando mi presencia no he tenido más remedio que salir de mi cueva y presentarme de nuevo al mundo. Lo que viene a decir que incluso en la depresión soy inconstante. No aguanto ni quince días con el ánimo por los suelos, ¡a quién se le diga!!!!

La verdad es que yo no sirvo para éso. En algunos momentos me dejo vencer por la desesperanza y la tristeza, pero la verdad es que a la primera de cambio se me olvida y vuelvo a estar de buen humor. Y mira que a veces me empeño y me empeño en bajar al  agujero por eso que dicen que así se coge impulso para rebotar y salir adelante, pero no hay manera, oye, que en cuanto los míos me ven un poco depre o con gesto tristón, en vez de preguntar qué me pasa y tratar de animarme, lo que hacen es ponerse ellos peor, y así no hay quien se coja una depresión en condiciones, me tengo que poner a consolarlos a ellos, y no es plan. A ver si va a ser verdad lo que dice una amiga mía (y que yo siempre le digo que eso no es cierto) que yo tengo “luz” y que no me puedo permitir estar mal, porque arrastro a todos detrás de mí.

En fin, que no sé qué más contar, porque sí que es cierto que no he escrito porque no se me ocurría nada gracioso que contaros y no es plan de ponerme llorica, que los que pasáis por aquí queréis pasar un buen rato con mis paridas, y no encontraros un sinfin de quejas, así que a ver si en unos días termino de espabilarme y me tenéis aquí otra vez dando guerra, que tengo por ahí alguna historia que promete….

Y por último, gracias a todos por vuestro apoyo, por vuestros comentarios que no he contestado, y por vuestros post que me han entretenido en estos días. Ya sé que alguno tiene existencias de papel higiénico para todo el año (yo también tengo, por cierto, creo que encontramos la misma oferta), que otros han estado de cumpleaños, que los tapones para botellas en forma de flor pueden servir para rascarse el culo, que algunas tienen vecinos mocosos, que los maleducados no son de fiar, y así hasta completar todo lo que habéis publicado, que aunque las ganas de escribir se me habían ido, las de leer, no. Y hablando de leer, os vais a cagar en cuanto haga mi post de lecturas, llevo una marcha increíble, entre ayer tarde y noche y esta mañana me he leído el mejor de este año. Ya os contaré.

Silencio

Solamente os pongo unas líneas para decir que voy a hacer un parón en el blog. Sigo leyéndoos pero no tengo ganas de comentar ni de escribir, así que por unos días (espero que no sea más) estaré siguiéndoos en silencio. Espero encontrarme mejor pronto, este inicio de primavera no me está sentando demasiado bien.