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Días de playa

Con este frío polar que me tiene las manos como chupones, hoy voy a hablaros, si consigo teclear sin que se me caigan los dedos a pedazos, de mis últimos años de playa.

Una es de secano, como ya sabéis, pero en mi infancia y adolescencia había visitado la playa casi todos los veranos, acompañada de mis padres o mis tíos. Por aquél entonces aún me gustaba, el solecito, la no existencia de protectores solares (nos poníamos crema de zanahoria y  aceite de limón….), el agüita, el llegar a casa después del día de playa con la comida ya preparada, y salir luego a ver los puestos de los hippies y comprar pendientes, pulseras…. Vamos una vida ideal de la muerte.

Pero cuando te reproduces y tienes que ir a la playa con churumbeles, la cosa cambia, máxime si tienes un marido que odia el mar, el sol y todo lo que ello acarrea.

La última vez que estos piececitos que ahora tengo helados pisaron la playa fue antes de comprar la farmacia, cuando la hipoteca aún no pendía sobre nuestras cabezas. Por entonces Consuelo contaba 8 añitos, el mediano 6 y el pequeño 4. Nos íbamos a La Manga porque una amiga tenía allí un apartamento y nosotros nos íbamos a un aparthotel cercano para pasar las vacaciones juntos. Os haré notar el pequeño detalle de que ella también había parido por partida triple, así que disponíamos de 6 churumbeles, la mayor de los cuales era Consuelo.

Si en algún momento habéis pensado que unas vacaciones en la playa son lo más relajante del mundo mundial, aqui estoy yo para desmentirlo. Mis días playeros transcurrían de la siguiente forma:

A eso de las 8 de la mañana, procuraba despertarme para poder desayunar tranquila en la terraza antes de que las fieras salieran de la cama. Craso error: siempre se despertaban y tenía que empezar a preparar colacaos y galletas procurando que no armaran mucho ruido, porque el padre por aquel entonces sufría insomnio y se había dormido muy tarde. Así que gritando en silencio (!!!) desayunábamos y nos disponíamos a prepararnos para un idílico día de playa, no sin antes embadurnarnos de protector solar del 50, del que se extiende de puta pena, que parece que te estás enyesando. Imaginad lo que es echar crema a tres anguilas escurridizas, todos deseando ir a la playa rápido y que termines pronto. Cuando acababa con los tres, empezaba a echarme yo, pero claro, como el esposo estaba durmiendo, tenía que confiar en uno de ellos para que me extendiera la crema en la espalda. Así luego tenía el quemado a rayas, por las partes que no habían dado crema, rojo, y por lo demás blanco. Precioso.

Después de pertrecharnos con bolsas y bolsas de juguetes, palas, cubos, sombrilla, silla de vigilante de la playa (porque ni pensar en tumbarme), y por supuesto, zumos y galletas para alimentar un regimiento, a eso de las 11 conseguíamos salir del piso para llegar a la playa donde ya me estaba esperando mi amiga con su tropa.

Observad que digo mi amiga y no mis amigos, porque su esposo adorado también se quedaba trabajando (ejem) en el piso y bajaba más tarde.

Así que ahí estábamos, cuatro ojos para 6 fieras. De pie en la orilla o, como mucho sentaditas en la silla, con lo cual te ponías morena solamente por delante, porque ni hablar de tumbarte o darte la vuelta para que te diera el sol en la espalda.

A eso de la una bajaba su marido, todo relajado y nos preguntaba si queríamos que se los llevara un ratito al agua, para que descansáramos. Evidentemente, decíamos que sí, y nos tumbábamos cinco minutos. Entonces nos daba por mirar al mar y veíamos al marido flotando felizmente mientras los chiquillos estaban desperdigados a su bola. Empezaba una sesión de gritos y llamadas para agruparlos porque llegaba la hora de comer y aún querrían bañarse en la piscina.

Podéis imaginar lo que supone recoger los trastos de playa de 6 niños, esparcidos en un radio de 50 metros cuadrados, y controlando que los susodichos no se volvieran a meter al agua porque si no, no habría quién los sacara. Cuando al cabo de media hora teníamos todo recogido y a los muchachos controlados, salía el padre de las criaturas del agua,  y no decía con cara de extrañado: “¿pero es que os vais ya?, uy, pues yo me quedo un ratito para secarme, ahora voy”.

Dando saltitos por la arena ardiente, y maldiciendo en silencio a todo el género masculino, nos encaminábamos a la piscina, donde había que duchar a los seis para quitarles la arena. A todo esto, se nos habían hecho las dos de la tarde, y no tardaba en asomar por el balcón mi santo, diciéndonos que ya estaba la comida hecha (la playa no le gusta, así que ejercía de cocinero oficial).

Tras varios intentos de sacar a los renacuajos de la piscina, conseguíamos subir al piso, cambiarles el bañador por uno seco, poner la mesa y sentarlos a comer, mientras nuestro estómago rugía y nos abalanzábamos sobre cualquier patata o aceituna que hubiera a la vista.

Cuando terminaban de comer, los sentábamos frente a la tele, para ver si podíamos comer nosotros tranquilos, que ya eran las cuatro de la tarde e iba siendo hora…

Tras la siesta obligada, vuelta a empezar, tarde de playa, con nueva extensión de protector solar, (que a esas alturas, en vez de crema yo estaba para que me dieran los Santos Óleos), sesión tardía de piscina y llegada al piso para comenzar a ducharlos, todo ello amenizado con la cantinela: “¿cuándo cenamos, cuándo cenamos, cuándo cenamos?”. Para cuando yo me quería duchar, todas las toallas estaban ya chorreando y el piso tenía más arena que el desierto del Sahara. Menos mal que una vez cenados se acostaban y así vuelta a empezar al día siguiente con la misma historia.

Como comprenderéis, cuando pasaba la semana  de vacaciones, yo llegaba a casa derrotada, odiando la playa a muerte, y agradeciendo infinitamente que viviéramos en un sitio de secano. Además de aguantar  al santo diciendo todo el día: “Ves, si ya te lo decía yo, si donde mejor se está es en el campo, qué playa ni qué playa….”

Así que cuando se nos acabaron las vacaciones por culpa del hipotecón, casi me alegré, porque ya no habría que pisar la playa en muuuuuuchos años, aunque ahora que ya son mayorcitos, igual no está  tan mal. Pero me temo que aún pasará tiempo hasta que podamos permitirnos unas vacaciones en toda regla, así que cuando me entre el mono de vacaciones, sólo tengo que recordar mis veranos pasados en La Manga, y se me pasará, seguro.

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28 pensamientos en “Días de playa

  1. Jajaja, tía! Me has hecho recordar lo cansado que es ir a la playa, que parece que sales en zafarrancho de combate.

    Yo sólo tengo uno, no quiero imaginarme lo que es ir con tres porque recuerdo perfectamente llevar utensilios hasta en los dientes. Y lo cansado que es estar pendiente, sin poder relajarte, para qué más.

    Seguro que ahora que son mayores podrías relajarte, aunque sea un par de días.

    Me parto, un beso!

  2. Jajaja!!! Me ha encantado la playa siempre! La de horas que he pasado. Solica.
    A dia de hoy la odio a mas no poder. No veo el dia de estar solica en la playa…. Jaja!!!!
    Q no, que la odio , pero por criar a estos dos churumbeles! Es algo precioso no??? Pero incompatible con el mar, supongo!
    Siempre quedarán las escapaditas! Si me toca la loto claro!
    Lola!

    Q frio leche!!!!

  3. Yo la primera vez que experimenté lo de la playa en plan español dije que nunca jamás de los jamases ,never :mrgreen:
    No soporto estar en la playa horas y horas toooodos los días, no puedo.
    Me encanta la playa y el mar, pero para usarlos a ratos, solo a ratos. Pero ese maratón veraniego lo hicimos una ó dos veces y me negué en redondo a más. 😛
    Besazo

    • Es lo que le decía a Miguel, los de interior cogemos la playa como un maratón porque son los únicos días que la vamos a ver hasta el año siguiente. Pero es horroroso, la verdad.
      Si viviera en un sitio de costa, también a mí me gustaría ir a ratitos, sola, quedarme leyendo debajo de la sombrilla….. Igual ahora podría hacerlo, jeje.
      Un beso.

  4. A mi es que la playa no me entusiasma ni con niños ni sin niños, me pasa como a dolega, estar en un apartamento al lado y bajar con una toalla y poco más una horita y subir vale, pero lo de pasarme horas me pone enferma, como no haya chiringuito y posibilidad de paella me niego.
    Puedo entenderte porque yo sólo con una y mi hermana y cuñado encargados de distraerla me agobiaba, como para pensar en varios y en estar pendiente todo el día.
    El tema llegada a casa es todavía peor, lo de las duchas y el piso lleno de arena es de peli de terror.
    Espero que ya a última hora de la tarde haya ido mejorando tu ánimo y te encuentres mejor.
    Besitos

    • Lo de las duchas era infernal. Recuerdo ducharme y secarme con la toalla mojada, porque ya no quedaban secas y que me escociera hasta el alma porque ya iba requemá de estar todo el día al sol sin haber tenido tiempo de ponerme protector.
      Y con lo que yo odio ir descalza, lo de ir pisando arena por el piso ya me sacaba de quicio.
      Un beso.

  5. Otro que se une al odio playero, de hecho este año fui un día, llevaba sin ir 9 años, y mira que la tengo al lado, yo directamente voy, dejo a la moza y a las niñas en la playa y me marcho hasta que me llaman para volverlas a buscar.

    Y vaya, que leyéndote tampoco es que se te vengan unas ganas tremendas de volver 😀

    Besotes.

    • Tú te correspondes entonces con la descripcion que he hecho de los miembros masculinos de nuestra pequeña excursión playera….. El uno preparando la comida y el otro escaqueándose de los churumbeles. Tú si que sabes, macho!!!! :mrgreen:
      Un beso

      • A ver, yo soy sincero, ¿queréis ir a la playa?, os llevo, pero yo no la piso, ¿de acuerdo?, pues vamos, ¿que os parece mal? pues nos quedamos y vamos a otro sitio donde el suelo no queme y haya sombra 😀

        Ellas aceptan las condiciones, no las obligo a ir, quieren ir, las llevo, me voy a ver el tour y luego las recupero, todos felices y contentos, para que vaya yo con ellas debemos ir eso, qué se yo, a una piscina con su hierba fresquita y demás.

        Pero la playa… qué va, eso es para tipos valientes de verdad.

  6. Uf, la playa. De niño no me entusiasmaba y desde hace un tiempo la odio. La arena, la sal … Y eso que muchas tienen duchas y algo de arena consigues sacarte. Este verano descubrimos una muy singular: era de piedras (sí, sí, de cantis rodados) y una vez comprado el calzado adecuado, te acostumbrabas. Antes de volver a casa, te pasabas por la ducha a quitarte la sal (no había nada de arena) y, créeme, era un gustazo.

    Como a Dolega, también me habría gustado una playa “a ratos”. Eres niño, vives ahí y es una opción más

    • Antes de tener niños yo estuve en una playa de cantos, pero sin calzado, y era una muerte, menos mal que solamente fue un día. Pero sí, en cuestión de limpieza no hay otra cosa igual, porque cuando llegas de una playa normal, llevas arena hasta en las trompas de falopio, jaja.
      Un beso.

  7. La playa me gusta, pero con moderación. A ver, me explico, vivo en la costa, pero en esa parte de costa en que muchos días se necesita mucho valor para ir a la playa, y cuando una tiene ya una edad pues ese valor desaparece. Así que durante unos días todos los años nos vamos a una playa donde “no hay que mirar al cielo para ir a la playa” Primogénito dixit, pero sólo vamos por la mañana, por la tarde piscina. De siempre, cuando eran pequeños Primogénito salía del agua tan arrugado que tardaba en desarrugar porque según ponía un pie en la playa ya salía disparado al agua con su tabla y sólo salía del agua a la hora de irnos. Y LaMediana quería ir con él y empezaban los sufrimientos.
    Ahora que son mayores disfrutamos más de la playa, nosotras porque al padre de las criaturas y a Primogénito sólo les gusta el mar, vamos que van se bañan y se largan a tomarse una caña.
    Besinos

  8. Jajajaja. A mí la playa me gusta pero, claro, no tengo niños… Los niños son así y creo que, los hubieses llevado donde los hubieses llevado (o incluso quedándote en casa) se iban a encargar de que no te fueses a la cama sin tu ración diaria de estrés. Jajaja. Besotes!!!

  9. Lo has contado tal cual, parece que hubieras estado espiándome… la única diferencia es que yo también disfrutaba de la playa, de hecho, te puedo decir que SÓLO he disfrutado de la playa cuando mis hijas, tres también, eran pequeñas, ahora ya de mayores, ya no tengo responsabilidades y voy cuando me apetece, a ratitos que cada vez son más cortos.

    Besos apretaos, querida María José

  10. Pues mira, yo (soy María, una de las componentes de Laurel y Menta) no he llegado a vivir esas jornadas playeras infernales: sólo tengo un churumbel (ya crecidito) y ha tenido la inmensa suerte de tener un padre muy protector…, bueno, la suerte la he tenido yo que me he podido “despreocupar” hasta cierto punto, porque si no sería una redundancia, no?? Preocupándose él, para qué preocuparme yo…, ja, ja, ja…
    Aún así, me gusta la playa con medida: estar tirada todo el día allí no me va nada; de hecho, cuando vamos en verano (la tenemos muy cerca, a 20 minutos) lo que hacemos mi costillo y yo es llegar tempranito, caminar a paso ligero por la orilla (no creas, nos hacemos una media de 8 o 10 km…) y a eso de las 11.30 o 12 de la mañana, a casa.
    Así, es muy llevadero, y mucho más sin churumbeles claro…
    Muchos besos, Mª José.

    • Si yo viviera cerca de la playa me encantaría hacer eso: bajar tempranito, pasear por la orilla, y cuando empieza la chicharrera, a casita. Pero claro, al ir una semana al año, los niños querían estar toooooodo el rato en la playa, y terminabas agotada, que eso no eran vaciones ni nada.
      A ver si vienen tiempos mejores y podemos volver, que ahora seguro que sería mucho más relajante. Ya podría mandarlos al chiringuito para que me trajeran un helado o una cañita, jiji.
      Un beso.

  11. ¡Es así tal cual lo cuentas, Mª José!! También vivo en un pueblo costero y los turistas nos invaden literalmente, tanto que hay que pelearse por un trocito de arena donde extender la toalla.
    No sirve de nada madrugar porque los que van llegando te acorralan, te la pisotean y te plantan la sombrilla atravesándotela si hace falta, jejejeje, me río porque parece un chiste, ¡pero me ha pasado!!
    Si estás tumbada en la arena, de repente notas unas cosquillitas en el pelo: ¡los pies del que se ha puesto detrás tuyo!!!, ¿como puede la gente hacer esas cosas??? Yo necesito mi espacio vital, así que si le añades mi tensión baja y mi piel blanco nuclear… pues como que paso 😉
    Muchos besitos!!!

    • Pues menos mal que cuando íbamos a la playa con los niños no era un sitio muy concurrido y no ocurrían esas cosas, porque ya sólo me faltaba eso….
      Sí que me pasaba algo parecido cuando era jovencita y estábamos en alguna playa invadida por turistas. Odiaba el momento en el que se ponían a sacudir la toalla de arena sin mirar y te llenaban hasta el píloro, por no hablar de los niños que atravesaban corriendo tu toalla, que habías extendido con todo el primor posible para que no tuviera ni una motita…. Desesperante, la verdad.
      Un besito.

  12. Ya me he enganchado a otro blog. Después de esto ha venido lo del fútbol, después lo de las cosas de botica y otro rato más. La culpa de Yeste y tu visita a su macondografía.
    Me ha gustado mucho leerte y me gustará seguir haciéndolo, porque ahora mismo tomo nota de dónde vives para que me avisen cuando sales.
    Besos.

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